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jueves, 22 de abril de 2010

Enfermos del libro: breviario personal de bibliopatías propias y ajenas / Miguel Albero


Bueno, podéis cantármelo....
aquello de... Su-u-peer freak... ¡Super freak! Su-u-per freeeeak aaaaaaah. Aunque el amigo Ricky iba por otros derroteros... pero como el lenguaje evoluciona (props to Strika), me viene al pelo. Sí, lo sé. El tipo de persona que se compra un libro con este título tiene que tener muchos fantasmas, esperando a ver qué tipo de enfermos hay en el mundo y tratando de encontrar una bibliopatía (o más) en la que incluirse.
En realidad, otra de las razones por las que me atrajo este libro (al margen del título, que casi consigue que se me caigan los ojos de la cara) es que aparece una mención a la Asociación de amigos del libro antiguo de Sevilla en la contraportada.
Lo del libro antiguo me toca el corazón.
Total, que de repente me encuentro devorando como una bibliófaga (primera patología que me adjudico) la introducción del breviario.

Lo primero que aparece es un prólogo por parte de un señor llamado Juan Bonilla, que se explaya sobre todo este asunto de los libros. Desarrolla la idea de las dos bibliotecas que tiene todo bibliófilo: la visible y la invisible.
“Como todos los enfermos de coleccionismo de libros, soy propietario de dos bibliotecas: la primera la forma los libros que tengo, la segunda los libros que busco y quisiera tener. La primera se derrama por estanterías que van colonizando la casa, se agiganta en montones improvisados que van formándose poco a poco y esperan un rato de asueto en que sea capaz de acomodarlos (…). Pero también tengo, como digo, otra biblioteca: la invisible, la de los libros que busco, que forman mi desiderata, de la que seguramente, de aquí a que me muera, sólo lograré tachar unas cuantas líneas de las muchas que la componen. La desiderata crece de manera desproporcionad, y eso en el fondo, me digo para no compadecerme demasiado, es bueno: es prueba de que no se me ha muerto la curiosidad, de que sigue impaciente y hambrienta, buscando en otros rincones, asomándose a otros nombres, explorando otros idiomas, deseosa de que la acorte, de que tache algunas líneas que la componen. En eso consiste esta rara enfermedad: en ir traspasando volúmenes de una biblioteca, la invisible, a la otra, la visible.”
Joder, te dices. Esto es la primera puta página del libro. ¿Qué MÁS me voy a encontrar por aquí?. Y luego caes en la cuenta de que el que ha escrito esto no es el autor del libro, sino el prologuista. Momento de pánico. No será el primer libro en el que es mejor el prólogo que el resto del libro. Total, que superado el prólogo nos encontramos con otro capítulo de introducción que viene encabezado con: I. A modo de justificación.
En él, el autor se descubre como un “Devoto de su alteza”, expresión que utiliza un colega suyo (ya os digo, que el autor se hace muy cercano) para denominar a los bibliófilos especializados en primeras ediciones. Aunque dentro del capítulo dedicado a esta patía, se diferencia entre primeras ediciones y ediciones príncipe, por ejemplo. (Luego ya desarrollo esto un poco más). Después de esta confesión (“lo primero es admitirlo”) el cachondo del autor (que tiene bastante chispa al hablar de este asunto, aparentemente tan sobrio y solemne) adelanta que esto no es un vademécum, sino una clasificación de algunas posibles enfermedades del libro, unas más simpáticas que otras, y ejemplos de enfermos de cada una de ellas (tanto históricos como personajes de novela). Pero eso sí, avisa de que algunos de los ejemplos o referencias incluidos en el breviario son pura ficción. Y tan ancho que se queda el colega: oye, que os vais a tragar unas cuantas bolas que me he inventao a lo largo del libro. Pero para resarcirse de tamaña desinformación, al final se incluye una “Fe de apócrifos”, capítulo en el que se especifica qué historias han salido directamente de su imaginación. Lo mejor de todo es que esas páginas están impresas boca abajo, con la finalidad de que tengas que darle la vuelta al libro descubras el secreto.
Dios, qué recuerdos, joder. Es que si después del título, de los editores y de la chispa del jambo, te tienes que entretener en darle la vuelta al libro, ya LO FLIPO. Como si estuviera con los libritos de detectives que había que utilizar un espejo para leer las “soluciones”...

Y después de estos capítulos introductorios, ya comienza el cuerpo del libro: los capítulos dedicados a enfermedades. Mencionaré todos, pero haré hincapié sólo en algunos.

II. Lectores en libro ajeno: la bibliocleptomanía, sus partidarios y practicantes.
Pues ya sabéis, los que mangan libros. Esta patología tiene diferentes maneras de manifestarse: no es lo mismo aquel que no te devolvió un libro, que el que roba ilustraciones de la biblioteca nacional. Y así, existen muchos otros tipos de bibliocleptómanos. Desde el que sisaba utilizando al técnica del cambiazo de un libro por una imitación del mismo en la biblioteca de sus amigos, hasta la bibliotecaria que roba cientos de ejemplares de su propio lugar de trabajo, pasando por el que roba en la FNAC (props BBB), etc. Unos caen mejor que otros, claramente.
Como adelantaba antes, a parte de clasificar la enfermedad, incluye ejemplos de personajes reales y ficticios. Menciona un capítulo del Quijote en el que recibe la visita de un cura que viene a llevarse parte de su biblioteca para evitar que Don Quijote continuara con sus fantasías, ya que libros de caballerías y aventuras excitaban la mente de este loco. Así que, para volverle cuerdo, llega el cura a expurgar su biblioteca. Conforme avanza el capítulo parece darse a entender que el cura no tiene tanto interés en curar a Don Quijote como en aumentar su propia biblioteca y, de paso, leer aquellas novelas que no debería poseer. Pero, qué pena, con la excusa de librar al Quijote de ellas, resulta que acaban en sus manos. La finalidad no es la hoguera. Si así fuera, estaría en el capítulo de la biblioclastia.
“Lo cierto es que, al final, uno tiene la sensación al escuchar al cura de que no estamos ante un bibliófobo o biblioclasta, más bien ante un lector que descubre en una biblioteca ajena los libros que le gustan, utiliza su papel de cura para poder fisgar, pero en el fondo hay en él más intención de deleitarse con lo que encuentra y celebrarlo que de buscar lo prohibido para echarlo a la hoguera, parece más un aficionado que un experto, pues el primero busca disfrutar y el segundo persigue encontrar los defectos.

III. A buen hambre no hay tapa dura ni necesidad de saber leer: la bibliofagia y sus intestinales consecuencias.
La bibliofagia. Te cagas. Me acuerdo de un compañero de colegio (con una mente jodidamente privilegiada) que se comía todos los libros y cuadernos por los bordes. Era como si tuviera ratones en casa y le mordisquearan el material escolar. Le regañaban los profesores, pero no podía evitarlo. A parte de ejemplos como este, también se incluye información sobre insectos y otros animales que causan daños en los libros, los típicos que mencionan cuando asistes a una clase de encuadernación, de restauración o de conservación de libros. Pero como en los otros capítulos, también aparecen personajes de libros y, claro, el primero que viene a la mente es el que es: Firmin. Qué bueno.


IV: La bibliofobia, o quita de aquí ese libro que no lo trago
Aquí se explican las distintas “variantes de la aversión libresca”. Hago mención especial a la “bibliofobia sobrevenida, los malos profesores y sus nefastas consecuencias”. Creo que cualquiera comprende a qué se refiere.
"Y es que es eso lo que sucede con la enseñanza de la literatura, que para empezar debería seguir el orden cronológico inverso al actual, al menos de lo ya destilado, pero más bien de lo reciente a lo remoto y no al revés; pretender que el alumno se aficione a la literatura con las Cantigas de Alfonso X el Sabio, si desconoce todas y cada una de las voces y todas y cada una de las frases, es como pretender que se aficione a la poesía japonesa quien desconoce esa lengua, salvo que la musicalidad supere el mensaje, el continente sugiera lo que el contenido no es capaz de ofrecer. (...)".
Y continúa diciendo que si, a pesar de eso, el chaval siente afición por la lectura, en cuanto llegue a secundaria se le van a quitar las ganas a causa de tener que memorizar una ristra de nombres, fechas y movimientos que poco le instruyen como amante de la literatura. Y asín es.

V. Quema, que así nada queda; de la biblioclastia o la destrucción de libros.
En este capítulo se localiza la patología más detestada para todos nosotros (creo), el placer en la destrucción. La causa que lleva a ciertas personas a padecer esta incomprensible enfermedad suele ser la misma: el miedo al contenido de los libros, a sus ideas. La mayoría de estos enfermos tienen en común que la biblioclastia no es el peor de sus pecados, por lo que acabaron siendo personajes célebres. Y lo de célebre, lo digo con todos los matices del mundo. En esta categoría se hallan casos como la Inquisición Española, la Alemania nazi o Pinochet entre otros.
La referencia novelesca nos traslada a Fahrenheit 475, novela que no, no he leído, pero he visto la peli (eh, eh, qué pasa). Y sí, le tengo ganas de hace tiempo, aunque sea una de esas novelas a las que (creo) que se le considera como ciencia ficción y que, en general, no me van.
“aunque no lo crean, existe hoy un llamado Proyecto Fahrenheit 451 (las personas del libro) cuya finalidad es fomentar la lectura por la vía de memorizar textos y recitarlos en público, pese a que los sistemas educativos hayan despreciado la memoria y hayan susituido la famosa lista de los Reyes Godos por el ejercicio de subrayar la palabra “Chindasvinto” y coméntalo con el compañero. Según informa un artículo aparecido en el diario El País el 27 de Junio de 2006, el British council madrileño acogió el acto de este proyecto, en el que 30 personas acudieron a presentar cómo cinco personas libro emulaban a los protagonistas de la novela.”
Todo un éxito vamos. Y luego añade que el periodista que cubrió el evento, le preguntó a uno de los asistentes que qué opinión le merecía dicho encuentro, a lo que respondió que si la finalidad de este proyecto, era fomentar la lectura, quizás memorizar libros no era la mejor forma, sino más bien leyéndolos. Simplemente. Ahí está. Me imagino al tío, que llega ahí, se encuentra con una panda de locos que se han memorizado una jodida novela entera y que se plantea si el tiempo que se han tirao repitiendo una y otra vez lo mismo… no lo habrían aprovechado mejor leyendo otros libros. Lógico el pive.


VI. Libro veo, libro quiero: de la bibliofilia, madre de todos los males, enfermedad o pasatiempo.
Bueno, y aquí estamos todos. No me digáis que no, joder. No me neguéis que es entrar en una librería y tener que hacer criba 500 veces con lo que se tiene entre manos si no se quiere dejar uno medio sueldo del mes en una tacada. Esos somos los bibliófilos de a pie. Que vamos a por el contenido, a por el conocimiento, el entretenimiento con el fin de completar NUESTRA biblioteca. Pero como en el resto de patologías, existen diferentes estados o manifestaciones de la enfermedad. Bibliofilia y bibliomanía (como cuando hace años me preguntaban: -¿Qué estudias? -biblioteconomía -¿bibliotecomanía? -No, bi-blio-te-co-no-mí-a. -Ah, qué coñazo ¿no? eso tiene que ver con economía,¿no? -Sí, sí, lo que digas....)
En esta enfermedad hay quien se dedica únicamente a coleccionar incunables, por ejemplo, o quien se dedica a completar todas las obras de un autor, los de una colección, etc. En cuanto a los incunables, aquí el amigo autor me ha hecho revolverme inquieta mientras lo leía. Pone en cuestión la definición aceptada de incunable que me enseñaron en la carrera, joder, joder, como se lo diga a Fermín. Fermín de los Reyes, que me puso un Sobre en la asignatura de “Fondos bibliográficos antiguos”. Según la definición que tuve que aprender para aprobar el examen, un incunable es un libro impreso del Siglo XV (todavía coexistían manuscritos con las primeras imprentas). Bueno, aquí el miguelito insiste en que esa definición es muy arbitraria porque por un día más o un día menos deja de ser incunable un libro que se ha realizado con la misma técnica que otro que sí que se lo considera como tal. Vamos a ver. Es como si te pones a cuestionar que porqué un centímetro es un centímetro: pues porque al pive que se le ocurrió el sistema métrico decimal se le puso en la punta del centímetro. Y ya está. Por convenio, como decía la profesora de matemáticas cuando no te explicaba algo. A ver si sólo los de ciencias van a tener ese privilegio.
Pero bueno, siempre está bien que la gente se cuestione esas cosas.
Como bibliófilos memorables menciona a Hernando Colón y Diderot entre otros. Hernando Colón ("el bastardo visionario, un bibliotecario adelantado") fue un tipo muy importante en este rollo de las bibliotecas.
"lo que convierte a Hernando en un bibliófilo excepcional, no es tanto que viajara y comprara libros, que lo hacía de forma compulsiva, acudiendo a todas las ciudades europeas capitales de la imprenta entonces (Amberes, Lyon, Nuremberg, Roma, París, Venecia), tampoco que lograra reunir 17.000 libros, cifra notable para la época, sino el modo en que concibió su biblioteca y cómo la organizó, con unos criterios que suenan más a siglo XX que a XVII, sólo le faltaban los ordenadores, pero no mucho más. (...) Hernando le escribe un memorial a Carlos V en 1537 solicitando a perpetuidad 500 pesos anuales como ayuda para su biblioteca. Y la ayuda se la conceden. (...) consiguió el apoyo para organizar una biblioteca que él entendía como su legado, y también en esa organización introdujo criterios modernos, empezando por la catalogación, pues en el mismo memorial le informa a Carlos V que los libros estarán ordenados, habiendo un índice alfabético y otro por materias. (...) inventó los abstracts".
Vamos, que el tío se lo curró, pero bien. Lo más jodido es que si se tuviera que presentar hoy a oposiciones para bibliotecas, entrarían antes muchos funcionarios administrativos por puntos, que él.

Y con esto llegamos al último capítulo de patías:
V. Los Devotos de su Alteza, o la pasión por las primeras ediciones.
Aquí el autor se confiesa enfermo, como adelanté al principio. Y se pone a justificar el valor de las primeras, listando otro de esos capítulos que tuve que estudiar en su tiempo. Los factores que influyen en el valor de un libro: su presencia en repertorios bibliográficos, su antigüedad, la rareza de éste, la presencia o ausencia de ex-libris, dedicatorias y glosas, la encuadernación (o estado del ejemplar) y la importancia que tenga para el adquiriente. Éste último factor es más subbjetivo, porque el tío ya se pone en el ejemplo de andar preguntanto por un libro que te falta justo para completar X colección, que el librero viejo lo sepa y le suba el precio al libro porque sabe que es tu último cromo. Este factor no influiría en absoluto en una subasta, por ejemplo.
En cuanto a la clasificación de los libros según su rareza, el autor se cachondea. No me extraña, a mí me pasó lo mismo cuando tuve que estudiarlo. ¿Qué clasificación es esa que hace Salvá en la que los libros pueden ser: raros, escasos, rarísimos o excesivamente raros? La ostia vamos. Tentaba muchísimo para ponerte a inventar y divagar en pleno examen, pero había que cumplir con lo que quería leer Fermín.
Sin duda alguna este capítulo es el que más me ha gustado. Una delicia llena de curiosidades y recordatorios.

Después de listar todas estas patologías, termina con un epílogo titulado Muerto el perro, seguirá la rabia: el futuro del libro, el futuro de los bibliópatas. Ahí ya saca la bolita de cristal y se pone a fantasear. Sin más.
Cierran el libro la "Fe de apócrifos" antes mencionada y una "Noticia de agradecimientos". Tiene pinta de ser un señor muy cumplido.


En resumidas cuentas (lo de resumidas lo digo de forma irónica, supongo), ha sido una muy grata experiencia. Recomendado al 100%. No sé si la mayoría de la gente compartiría mi opinión, pero, es que, acaricia mi gusto de una forma....


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“La cultura occidental es una cultura libresca, construida sobre referencia a otros textos, y así obra Cervantes, refiriéndose a otros textos, unos para criticarlos (a la hoguera), otros para ponderarlos (fuera de ella), y, aunque no llegue a la metaliteratura de Vila-Matas, está utilizando la literatura para su literatura. Hasta aparece el mismo Cervantes, en otro rasgo de modernidad, de ésos que tanto le gustan a Paul Auster, tanto que cita esta escena en su novela City of glass. Claro que sesgado, porque la biblioteca del Quijote se reduce sólo a los libros de caballerías, a los poemas de tradición épica y a las novelas de imaginación, no hay literatura picaresca, tampoco realismo sucio americano, no esperen encontrar un librito de Carver entre los cien, no sé qué habría hecho el cura con ellos.”





Nota: He puesto la letra grande aposta, joder, es que es para quedarse ciego con esta platilla..... espero que a nadie le moleste.
Nota 2: Denmeunpapelillo acaba de tener un hermano. http://tomenunlibrillo.blogspot.com

martes, 20 de abril de 2010

Opio / Maxence Fermine


Opio. Una infusión de Seda de Baricco.
Usease, me traduzco: en lugar de girar en torno al comercio de seda como ocurre en la novela del italiano, en esta ocasión nos ocupa el comercio del té. El contexto espacio temporal es parecido en ambos casos.
Me ha gustado mucho, ahora me cae mejor el té.
No me gustan las infusiones, no puedo con ellas: manzanilla, poleo, tila, té, etc. Tisanas varias en resumidas cuentas. Me recuerdan a ENFERMEDAD. El agua caliente con sabores me da asco. Excepto con la sopa, pero porque eso lleva mucha más sustancia. ¿Y con leche? Se preguntará alguno. Pues tampoco, porque siento como si se aguara la leche. Y buenas ganas de joderla. Un Nesquik y como Dios, así con mayúsculas.
Pero mola cómo se le trata en esta novela. Un bien preciadísimo y además con variedades mucho más difíciles de conseguir para un extranjero en China por aquella época.
Total, que tenemos al chaval criado entre tés, que se empeña en ir a China para traer él mismo el té que luego vendían en el negocio familiar, y así de paso intentar conseguir otros tipos de tés mediando él directamente en la negociación con los proveedores. Ahí que se embarca, tres meses de viaje hasta que llega.
Guiado/acompañado por otro inglés se adentra en territorios pertenecientes al señor del té, una misteriosa figura del dueño de todo el mercado de té blanco, el más caro y demandado. Nuestro protagonista, por supuesto, pone todo de su parte para poder llegar a tratar con él y conseguir este té. Y claro, aquí llega la parte sensual de la novela, aparece una mujer que parece ser la piva del señor de té, con la que mantiene escarceos durante una semana, que es exactamente el tiempo que se le permite estar en ese territorio sin que sea liquidado. Pero claro, el pive se queda prendadísimo de esa chinita con una flor de Opio tatuada...
Que ese es el rollo, que el señor del té en verdad es un super productor de Opio que te cagas, y negocia entre eso y el té. Toda una experiencia para nuestro colega...

Otra sensación que también me produjo Seda fue la de la sonoridad de la novela. Lo bueno de estas dos, es que aunque haya leído una traducción, las lenguas de origen son italiano por un lado y francés por otro, de forma que esa musicalidad poética... casi te llga. Algo distorsionada, claro está. Y en estas novelas tan cortitas, parece que tiene que sonar. Es como una felicitación de cumpleaños de estas que las abres y suena una musiquita de un pequeño altavoz pegado al doblez. Eso espero de estas novelas tan cortas: Opio, Seda, Sin sangre...

En fin, es uno de esos libros aptos para regalar a conocidos de personalidad sosegada y con cierta afinidad al ritmo oriental. Si además disfruta con el té, pues ya tenéis el regalo perfecto. Porque aunque el que regala el libro casi regala la obligatoriedad de leerlo, en este caso no se le putea mucho al receptor porque es bastante corta. Lo más probable es que lo empiece.

Y no me voy a extender más, porque llevo un retraso enrome y tengo un montón de entradas a medias, siempre esperando a finiquitarlas. Y a este ritmo no subo ni una actualización.
Un saludiño... y espero no tardar demasiado en volver. Como siempre. Y que nunca cumplo.

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"Era el clásico gentleman inglés cuyo único vicio reside en el consumo de puros y whisky y cuya principal virtud es cierta propensión al honor y al amor por el trabajo bien hecho."





"¿Sabías que el arte del té es una de las músicas que nos ofrece el agua?
Charles no entendió lo que quería decir su padre.
-¿Qué tienen que ver el agua y la música con el té?
-Medita bien y escucha. En primer lugar, existe la música de la lluvia al caer sobre las hojas del té, ese leve temblor semejante a un tambor de luz verde batido por los palillos de plata del cielo. Luego la música de la recolección. Acompañada por el baile de los velos de las recolectoras. También, la música de un manantial lo más fresco y puro posible. Por último, la música del agua hirviendo que se vierte lentamente sobre las hojas de té."





"-Me hubiese gustado muchísimo llevarme té blanco, descubrir los secretos de fabricación...
Pearle soltó un rugido:
-Deja en paz a esos malditos chinos y compra lo que te ofrezco sin platearte más cosas. Todavía no ha nacido quien consiga entrar en su país y robarles sus secretos.
Charles Stowe apuró lentamente la copa. Seguro de sí mismo, no creyó una palabra de lo que acababa de decir Pearle. Aguardaba su momento."





"Los dos hombre permanecieron largo tiempo en la manufactura eligiendo las mejores hojas. Luego inmóviles, silenciosos, contemplaron el incendio verde del té que se apagaba con el crepúsculo."





"El inglés se dio media vuelta y descubrió, en el rincón más oscuro del salón, a una mujer echada en un diván tapizado en seda. No podía ver ningún rasgo de su rostro, excepto la boca, roja como un fruto. La bailarina abrió los estores, y la estancia se llenó de luz. Charles Stowe descubrió entonces a aquella mujer, tan bella y misteriosa como la primera vez. Vestía únicamente una túnica de seda verde. Tenía largos cabellos negros. Inmensos ojos verdes.
Y fumaba una pipa de opio."





"En la plaza del pubelo, a pocos pasos de ellos, vieron a unos criminales expuestos a la vindicta pública. A algunos de ellos les habían cortado el labio inferior.
-¿Qué han hecho esos hombres para merecer tamaño castigo? - preguntó Charles Stowe.
-Son fumadores de opio. Les cortan el labio para impedirles que vuelvan a entregarse a su vicio favorito."




"Charles Stowe permaneció largo rato sentado, paladeando el whisky a pequeños sorbos, mientras ante él caía el crepúsculo.
Caviló que la felicidad era tan impalpable como una bocanada de opio, tan efímera como un sorbo de té."




"Charles Stowe sabía perfectamente que las más hermosas promesas, aunque acaben convirtiéndose en polvo de recuerdo, no traspasan nunca el reloj de arena del tiempo."