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jueves, 15 de marzo de 2007

El Rey de La Habana / Pedro Juan Gutiérrez



Tercer libro de Pedro Juan que pruebo y sigue sin defraudarme!

En este caso el protagonista es Reynaldo, un chaval de 17 años pobre y sucio. Un auténtico buscavidas que se pasa el día “templando”.
Bien con su querida Marga o cualquier otro agujero húmedo que pongan los santos en su camino. En algo tiene que pasar el rato cuando no hay ná que hacer, ni dinero para ron, cigarrillos o comida; ocasiones que en su mayoría coinciden con la ausencia de Marga, que se ha pirao a vender Maná o a jinetear con cualquier viejete para sacarle unos pesos.

Reynaldo es un desparramao de la vida que se vuelve loco cuando Marga no está y más aún cuando vuelve. Se pegan un rato y luego se tiran 3 días dándole al tema en condiciones nada higiénicas. Que a ninguno les gusta ducharse, vaya. Háganse a la idea.
La relación de ambos es más que interesante. Amor y odio, pasión y desprecio, apego e independencia…

Aparecen unos cuantos personajes más a destacar como el vecino de enfrente de Marga, la vieja que mantiene a Rey, y muchos anónimos del libro. La presencia policial. Imágenes como la de Rey huyendo con un pollo vivo mientras le gritan desde la azotea.


Y el final… ¡ESPORNCEDA!


*****

“-Primera vez en la historia de la humanidad, primera vez, no se les olvide, primera vez, que un muertodehambre le pide limosna a otro muertodehambre.
-Para comer algo, señor.
-¿Dónde tú tienes los ojos? ¿En el culo?
-Es que tengo hambre.
-Ah, el hambre ya te quemó. Tú no ves bien, ni sabes nada. Mira, atiéndeme – Le puso un brazo en los hombros y lo estrechó con camaradería-. Date un trago. No hay que comer nada. Lo que hay que hacer es beber, y olvidar las penas. Penas de amor, de salud y de dinero. Venimos a sufrir a este mundo. A este valle de lágrimas.
(…)
Los tres borrachitos se registraron los bolsillos. Reunieron unas monedas y se las dieron. Él las tomó.
-Gracias.
-No, no. Gracias no. Fíjate lo que te voy a decir: los hombres beben ron. No se puede pedir dinero para comer. Hay que beber y beber y beber…
-Sí, ya, deja eso.
Rey salió caminando ala cafetería del frente, pensando: Están peor que yo. Siempre hay alguien pero que yo. Al menos no soy borracho.”







“El pobre en un país pobre solo puede esperar a que el tiempo pase y le llegue su hora. Y en ese intermedio, desde que nace hasta que muere, lo mejor es tratar de no buscarse problemas. Pero a veces uno sí se busca problemas. Caen del cielo. Así, gratuitamente. Sin buscarlo.






“Los dos cuerpos unidos se comunicaban susurros, con pequeñas frases de amor. Se acariciaban, se deseaban con cada pedacito de los sentidos. Después, cuando enfriaban su sensualidad, les apenaba sentir tanto amor. La sutileza del amor es un lujo. Disfrutarlo es un exceso impropio de los estoicos.






“En un bar varios hombres bebían ron y fumaban tranquilamente, mirando a las mujeres que pasaban por la acera: negras, mulatas, blancas. Provocativas, con buenos culos, alegres, sudando, mostrando el ombligo y las barriguitas con sus blusas muy cortas y los bollos bien marcados por las licras. La lujuria, el deseo, la sensualidad, el sudor corriéndoles por la espalda, el suave caminar moviendo bien las nalgas, con la mirada retadora. Aquel era un buen lugar. Sucio, derruido, arruinado, todo hecho trizas, pero la gente parecía invulnerable. Vivían y agradecían a los santos cada día de vida y gozaban. Entre escombros y cochambre, pero gozando.







“No sabía dónde iba. Con hambre y sin dinero. Su suerte y su desgracia es que vivía exactamente en el minuto presente. Olvidaba con precisión el minuto anterior y no se anticipaba ni un segundo al minuto próximo. Hay quien vive al día. Rey vivía al minuto. Sólo el momento exacto en que respiraba. Aquello era decisivo para sobrevivir y al mismo tiempo lo incapacitaba para proyectarse positivamente. Vivía del mismo modo que lo hace el agua estancada en un charco, inmovilizada, contaminada, evaporándose en medio de una pudrición asqueante. Y desapareciendo.”

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